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El proyecto como narración del futuro

  • IEDentity
  • "Escenarios de futuro"
  • Número 01 - 28 de febrero de 2018
Luca De Biase
  • Luca De Biase

Una pregunta nos asalta a día de hoy ¿Cuáles son los retos a los que se enfrenta una escuela de diseño en el contexto actual? Luca De Biase (Comité Científico IED) plantea la complejidad del mundo contemporáneo y propone el ejercicio del diseño como llave para proyectar un futuro inteligente y sostenible.


Entre los deberes de una escuela se encuentra el de formular la perspectiva en base a la cual se construye una relación entre lo que los estudiantes aprenden hoy y el conocimiento que necesitarán los humanos del futuro, para conseguir que la sociedad y la economía afronten los retos que nos depara el porvenir. Una escuela de diseño afronta esta tarea desde un punto de vista particular: enseñando el arte de proyectar, es decir, el proceso cultural que lleva a modificar las condiciones de construcción del futuro, y además se ve obligada a rediseñar esa perspectiva en el mismo momento en que la implementa.

Por lo tanto, la cultura de una escuela de diseño se ve inundada por la exigencia de una elevadísima consciencia sobre las consecuencias de cuanto enseña, que se ve acompañada por la típica experiencia pragmática de los trabajos creativos que no se reconocen si no en el momento en que se exprimen a través de sus obras. Y sí: el problema del trabajo del futuro, siendo complejo por la incesante innovación tecnológica y organizativa que empuja rápidamente hacia la obsolescencia a una cantidad de trabajos y de saberes radicados, probablemente se resuelve precisamente con un salto cultural fundamental que da lugar a la síntesis de las competencias técnicas y de las sensibilidades humanísticas.

Se obtiene que un programa de formación en el campo del diseño puede pensarse precisamente como la encarnación de una perspectiva que sirve para atravesar la transformación del contexto económico sobre la base de una síntesis de capacidades especializadas y estratégicas: para que las habilidades científico-técnicas (hard skills) solicitadas por las técnicas de producción sean asumidas como dedicadas a las habilidades socio-humanistas (soft skills) necesarias para moverse en el cambio, del sentido crítico a la autonomía de juicio, de la capacidad a practicar el juego de equipo a la creatividad. En este sentido la cultura de proyecto también es una cultura de contexto.


Actualmente no hay un reto mayor. La velocidad del cambio ha impuesto una dura prueba a las disciplinas orientadas a las previsiones económicas y sociales. El contexto se centra sobre todo en el reconocimiento de las más propicias formas narrativas que dan un sentido a los hechos más rompedores manifiestos del mundo actual. Con este enfoque, quien estudia el sistema económico emergente de la gran transformación tecnológica y de la globalización ve contextos llenos de riesgos y de oportunidades inéditas.

La inteligencia artificial, la robótica, la innovación sensorial, la producción auditiva, las plataformas digitales, están cambiando las condiciones de la producción, valorizando a las organizaciones que saben conectar de manera eficiente la oferta con la demanda, creando las condiciones para una radical “personalización” de los productos y de los relativos servicios. Mientras tanto, los materiales creados por la nanotecnología y los procesos activados por la biotecnología, junto a la posibilidad de enriquecer cualquier objeto con electrónica conectada a la red cada vez más potente y menos costosa, constituyen otras tantas estructuras habilitadoras para una más profunda innovación de productos. Sin lugar a dudas, para interpretar todo esto hace falta una fuerte cultura del proyecto, capaz de mantener unidos a la empresa y a su contexto de proveedores, clientes y competencia, orientada a largo plazo y, ciertamente, no limitada a la creación de específicas soluciones momentáneas.

No es por nada que el diseño parece llamado a ampliar su radio de acción a territorios mucho más amplios que aquellos en los que se había confinado en el pasado. Pero para conseguirlo – o, por lo menos, intentarlo – se debe dotar de conocimientos sobre las fronteras de la innovación citadas y sobre otras emergentes en esta contemporaneidad, que parece capaz de generar incesantemente hechos que alteran los límites del posible: desde la mecánica cuántica a la física de partículas, de la inteligencia colectiva a las criptomonedas, etcétera. Si todo esto reta a muchos trabajos tradicionales y amenaza con sustituirlos por operaciones automáticas de las máquinas, al mismo tiempo revaloriza el sentido y la responsabilidad del diseño. Todos los estudios sobre el trabajo del futuro consideran la posibilidad del desempleo tecnológico imaginado por Jon Maynard Keynes, aunque después, las distintas escuelas de estudiosos tienden a dividirse entre los más y los menos pesimistas.


Actualmente, el consenso parece haberse concentrado sobre la hipótesis formulada por el grupo de Stefano Scarpetta en la OCSE, según la cual un 10% de los trabajos están destinados a desaparecer en un decenio, y un 30% cambiará profundamente. Los trabajos con un mayor riesgo son, claramente, los más repetitivos y cuyo resultado es menos previsible. Evidentemente, cultivar la creatividad es un gran antídoto contra el fin del trabajo. Pero está claro que la creatividad no es un privilegio de ciertos trabajos por derecho adquirido: se cultiva y se demuestra cada día para que pueda ser reconocida. Sin la unión entre quien propone una nueva idea y quien la adopta, no existe una auténtica creación. La creatividad es un carácter plural que existe en la relación única que se forma en el momento en que alguien ve algo que los demás no ven y la realiza, desvelándola en una forma tal que permite que todos reconozcan su valor. En ese sentido, la forma es sustancia y el proyecto es narración. Como dicen en el Institute for the Future: «La primera ley de los estudios del futuro está clara: no existen hechos del futuro, solo narraciones». Por lo tanto, solo proyectos. Explícitos o implícitos.

Emerge una responsabilidad enorme para una escuela de diseño. El futuro es la consecuencia de las acciones cumplidas en pasado, con la – siempre parcial – corrección de lo que se hace en el presente. Pero, ¿cómo se produce esa corrección? Daniel Kahneman, psicólogo premiado con el Nobel de economía, muestra que el razonamiento controlado se usa minoritariamente en las decisiones humanas: la intuición, por su parte, guía la mayor parte de las acciones que, como consecuencia, se emplean en ausencia de una auténtica decisión racional pero con la reserva de la opción más inmediatamente disponible. De cierta manera, las acciones son en su mayor parte “automáticas”, en el sentido de que no se eligen de manera consciente en relación a un análisis racional de las alternativas, sino que se cumplen como obvia reacción a las circunstancias. En esos casos, las acciones humanas pueden sustituirse por acciones deshumanas. Ello significa, en algunos casos, por acciones cumplidas por máquinas a las que nadie ha pensado en darles un sentido.

No es un futuro lejano: es la experiencia que los humanos ya han alcanzado y cuyas consecuencias se pueden observar en el cambio climático, en la polarización de la riqueza, en la creciente distancia entre las poblaciones informadas y las que no acceden a las fuentes de conocimiento. Por último, el diseño se convierte en la disciplina que se ocupa de buscar y experimentar lo posible incluso cuando no se ve, la búsqueda del sentido en la combinación de tecnologías y modelos de negocio para producir objetos y servicios adoptables en una perspectiva de sostenibilidad. Se trata de intervenir conscientemente sobre cuanto llega del pasado para modificar la trayectoria histórica y habilitar a los humanos para que construyan un futuro más inteligente para sí mismos y para su planeta.

 Autor: Luca De Biase