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El Design frente a los escenarios del futuro

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  • "Escenarios de futuro"
  • Número 01 - 28 de febrero de 2018
Francisco Jarauta
  • Francisco Jarauta

Con motivo de la celebración de los 50 años del IED, Francisco Jarauta (Comité Científico IED) delinea algunas reflexiones en torno al papel del diseño, un análisis que nos invita a mirar hacia el futuro para seguir innovando en la formación del diseño y responder así a los constantes retos que la complejidad del mundo actual nos plantea.

 

 


Pocas épocas como la nuestra se han visto sometidas a procesos de transformación tan profundos y acelerados que recorren por igual sus estructuras económicas, políticas, sociales y culturales. Estos procesos, que han venido a interpretarse bajo los conceptos de globalización y mundialización, son la causa de una nueva situación planetaria marcada por una fuerte complejidad e interdependencia. Se trata de un nuevo orden del mundo que ha modificado cualitativamente el sistema heredado de la primera mitad del siglo XX, dando lugar a un nuevo escenario en el que son cuestionados buen número de postulados estratégicos, obligando a nuestro tiempo a un esfuerzo reflexivo a efectos de una mejor comprensión de la nueva complejidad.

Bastaría asomarse al debate sociológico de las últimas décadas para observar el intenso y apasionado análisis de los procesos, las transformaciones que los acompañan, y su posible futuro en una deriva compleja y difícil de pronosticar. Una lectura de los estudios de Daniel Bell, Alain Touraine, Ulrich Beck, David Held, Richard Falck, Jürgen Habermas o Manuel Castells, entre otros, podría darnos el horizonte crítico para orientar nuestra mirada sobre la época.


Zygmunt Bauman en uno de sus ensayos We, the Global Bystanders, daba cuenta de un síndrome particular que caracteriza el comportamiento intelectual de muchos de nosotros. Las rápidas y profundas transformaciones que ha sufrido nuestra época en las últimas décadas, la imprevisibilidad de los cambios, la agitación de los acontecimientos, nos han convertido en “espectadores globales”. Ante nosotros discurre con aceleración insospechada una serie de situaciones y hechos que hay que pensar en su articulación para poder entender la dirección de los mismos y sus consecuencias. Entre la ya inmensa literatura sobre la cuestión sigue siendo de obligada lectura el trabajo dirigido por David Held y Anthony McGrew, Global Transformations Politics, Economics and Culture y la discusión generada por el mismo.

En esta dirección la globalización se ha convertido en el punto central de todos los análisis. La profunda reorganización de la economía mundial ha generado cambios fundamentales tanto en el sistema político como en las formas de organización social, sin olvidar la tendencia a la homologación de las diferentes culturas y concepciones de la vida, procesos estos acelerados por la planetarización de las tecnologías de la comunicación. El resultado de estos procesos es la aparición de una nueva complejidad frente a la que nuestros viejos instrumentos de análisis resultan insuficientes, obligándonos a construir nuevos conceptos con los que interpretar las transformaciones actuales del mundo así como las tendencias que rigen la configuración del futuro.


A lo largo de estos últimos años la necesidad y urgencia por identificar este futuro ha llevado a diferentes instituciones internacionales a explorar los posibles escenarios del futuro. Sabemos cómo la aceleración de los procesos que recorren nuestra época hace cada vez más difícil imaginar cómo serán las sociedades del futuro, cuáles los elementos dominantes en el proceso de su articulación, en definitiva, su forma de vida y funcionamiento. Una lectura comparativa de estos informes podría llevarnos a las siguientes conclusiones.

El escenario principal será el de la Comunicación. Manuel Castells lo ha estudiado en su The Information Age. Las transformaciones que han experimentado las sociedades contemporáneas se deben básicamente a la revolución tecnológica fundada en los nuevos sistemas de información y comunicación, a la reestructuración del sistema de producción y a la difusión de la lógica de las redes en todas las formas de organización. Resultado de dichos procesos ha sido la formación de un nuevo modelo de estructura social que tiende a generalizarse en todo el planeta. Atrás quedan intuiciones fantásticas como la que McLuhan imaginara en su Global Village. Lo que entonces era solamente un relato utópico, hoy pasa a ser un acontecimiento real, resultado de las tecnologías de la comunicación, que determinarán todavía más nuestro futuro.

Nadie duda de que la generalización de los nuevos sistemas de información y comunicación además de modificar la forma de las sociedades contemporáneas, han sido decisivos para la construcción de la llamada Sociedad de la Información o Sociedad del Conocimiento. Se trata de un cambio radical de los procesos de acceso, apropiación y uso del saber y del conocimiento, que modifican los comportamientos de aprendizaje e instrumentalización del saber. La sociedad red nace como una nueva utopía, como modelo y proyecto al que tienden las sociedades del futuro. La adecuación a este modelo representa hoy en día uno de los desafíos principales a cualquier política educativa. En efecto, todos los sistemas de formación se sienten interrogados por los grandes cambios que la Sociedad del Conocimiento presenta. Se trata de inducir, formar, adecuar la percepción, las actitudes intelectuales a las condiciones del saber de las nuevas sociedades. Es la base de un Smart Planet construido sobre la base de las nuevas condiciones de la Sociedad de la Información.

Un tercer escenario tiene que ver con los cambios relacionados con los nuevos modelos profesionales. Hemos heredado una serie de modelos que se definieron en el contexto de la primera Revolución Industrial y su generalización a lo largo del siglo XIX. Hoy podemos decir que estos modelos han resultado obsoletos. El gran debate en los Politécnicos o en las nuevas instituciones dedicadas a la formación lo muestran. Es una consecuencia natural derivada de la propia Sociedad del Conocimiento. Por una parte, se problematizan los modelos de aprendizaje y acceso al saber, por otra se redefinen los tipos de profesión que en el nuevo contexto de saberes y competencias flexibilizan y abren los modelos de competencia. Se trata de un nuevo desafío especialmente para aquellas instituciones que trabajan en el campo de la formación. Richard Sennett en su estudio Together nos plantea un mapa de cuestiones que revisa no solo la herencia recibida sino también la situación actual. Para Sennett la emergencia de New Communities virtuales es ya uno de los elementos que mejor definen el futuro, constituyendo la plataforma operativa del futuro.

Todos estos procesos y cambios han transformado los estilos de vida, surgiendo unos New Life Styles que, como Paul Virilio señala, trazan la línea de homologación de las culturas. En un mundo fuertemente globalizado el problema de la identidad es central, dando lugar a posiciones confrontadas, desde aquellos que defienden a ultranza las identidades particulares, étnicas, lingüísticas, religiosas, etc., dando lugar a conflictos que los diferentes integrismos han potenciado como mecanismo de defensa. Por otra parte, se observan posiciones más abiertas que asumen las formas del mestizaje cultural en sus diferentes dimensiones y que termina siendo la base de referencia de un futuro capaz de integrar la complejidad de pueblos y sociedades. Homi Bhabha habla de Cultures In-between, definiendo así el espacio de comunicación social y cultural. Se trata como el mismo Bhabha indica de un cambio antropológico fundamental agenciado por los nuevos sistemas de comunicación e integración social.

Un quinto escenario en el que representarnos el futuro y que está directamente relacionado con la complejidad del mundo contemporáneo es un escenario ético. Es urgente asumir una nueva responsabilidad frente al futuro inmediato de nuestro mundo y de la humanidad. Un ideal moral que se convierta en el horizonte de toda experiencia humana. Se trata de construir un nuevo pensamiento crítico que haga suyo un nuevo proyecto utópico que no solo piense sino construya lo que el pensamiento ético-político define como lo Common, aquel bien común innegociable y que pasa a ser la garantía necesaria de una historia humana acorde con la dignidad y derechos de la humanidad. Se trata de pensar tanto la cultura del proyecto como los procesos de formación desde una perspectiva cosmopolita y ética.


El design nunca ha tenido una historia autónoma. Ha sido siempre considerado como parte de la cultura industrial o como componente de los sistemas de vida. Desde William Morris a Norbert Elias puede recorrerse una secuencia perfectamente articulada y que señala los diferentes momentos que la sociología de la cultura asocia a la historia del gusto o de las costumbres.

En nuestra época podemos observar cómo partiendo del impulso que la Revolución Industrial inaugura pasamos a definir las formas concretas de los sistemas de objetos de la vida doméstica o pública con la coherencia que el estilo de una época da a las cosas. De esta idea vivió el Movimiento Moderno al hacer suyo el proyecto de la construcción de un nuevo sistema cultural en el que la relación entre design y arquitectura constituye una lógica o una idea que muchos de sus representantes consideraron ética. Pienso en Walter Gropius o en la Bauhaus para probar esta forma de pensar a la hora de enfrentarse a los presupuestos de la cultura del proyecto. Bien es cierto que la unidad propuesta por el Movimiento Moderno, basada en una jerarquía rígida de decisiones, estalló hace tiempo dejando un espacio abierto a un conflicto entre las disciplinas que hoy en día vuelve a plantearse en contextos diferentes como son los derivados de las sociedades postindustriales, construidas sobre la base de una creciente complejidad y al mismo tiempo con capacidades tecnológicas nuevas que hacen posible un tipo de innovación inédito hasta la fecha.

Partiendo de esta complejidad puede observarse cómo a lo largo de los últimos años se ha producido una dilatación progresiva del campo teórico y operativo del design. Sus programas han venido a definirse desde una relación permeable a las grandes transformaciones de los sistemas de vida de la sociedad postindustrial, marcados principalmente por la homologación cultural y la internacionalización de la producción. Es fundamental tener en cuenta a este respecto cómo las fases de la creciente globalización no deben solo entenderse bajo enfoques económicos o políticos, sino que al final son los aspectos culturales los que terminan por definir el verdadero campo de consecuencias o efectos. Tras la comunicación y el mercado –los dos verdaderos agentes del proceso de mundialización –debe individuarse la generalización de nuevos cultural patterns que terminan por definir los nuevos modelos de referencia simbólica sobre los que se construyen los procesos de identidad y diferencia del mundo contemporáneo.

En efecto, son estos los contextos problemáticos sobre los que la actual cultura del proyecto se debate. Se trata de reconocer una complejidad inicial en la que se dan la mano todas las variantes que subyacen al proyecto. Hay que partir de una dimensión reflexiva sobre las condiciones culturales, sociales, antropológicas de las sociedades contemporáneas, del individuo, su identidad y sus derivaciones cada vez más complejas de su inscripción social y los modelos de pertenencia políticos y culturales. Será así que aparezca un espacio diferente mucho más complejo y con el que el design debe dialogar.

Ciertamente un proyecto puede entenderse como una invención para responder a un problema cultural sea cual sea su dimensión o tipología. Para unos, el design debe producir nuevos espacios o nuevos objetos, nuevas relaciones. Debe entenderse como un ejercicio utópico, un fragmento del futuro que acontece sin respetar la ruta del tiempo. Para otros, el proyecto debe mediar entre las diferentes circunstancias, debe ser quien articule los diferentes contextos, respondiendo a las condiciones de uso e incluso al sistema de funciones previstas. Se trata de un equilibrio mesurado, inteligente, en el que se encuentran la pasión cívica junto al juego creativo, a la idea, que va de la producción de los nuevos objetos a los futuros sistemas de servicios.


Se proyecta con ideas, pero estas deben cruzarse con el mapa del espacio sobre el que se edifican. Esta dificultad ha sido interpretada de maneras bien distintas a lo largo de la historia. De ahí la necesidad de una relación crítica con la tradición, con la historia, con la teoría, con la cultura del proyecto. Relación crítica que, por otra parte, debe ayudar a interpretar la complejidad que acompaña a las formas del habitar contemporáneo. Es desde esta mirada crítica que el design debe establecer su reflexión y práctica.

Es acertadísima la opinión de Jeffrey Kipnis al insistir en la pertinencia de considerar el valor social y cultural de la libertad como una de las metas de lo individual y lo colectivo. Una frontera que resulta, políticamente hablando, cada vez más problemática. Ideas como las propuestas por Rem Koolhaas, Stefano Boeri y Sanford Kwinter entre otros con Mutations, o el Making Things Public de Bruno Latour y Peter Weibel, podrían ser referentes orientativos para una discusión abierta sobre estas cuestiones.

Lo importante es construir una nueva forma de pensar acorde con las condiciones de la nueva complejidad. Si nos situamos en esa perspectiva, todo lo que tienen que ver con la cultura del proyecto debe ser repensado; John Berger lo recordaba recientemente. La primera tarea de una civilización es proponer una comprensión del tiempo, de las relaciones del pasado con el futuro, entendidas en su tensión, en la dirección en la que convergen contradicciones y esperanzas, sueños y proyectos. “Comme le rêve le dessin!”. Sí, como el sueño, el proyecto, en esa extraña relación en la que se encuentran las ideas y los hechos, la tensión de un afuera que la historia transforma y el lugar, el momento.

El design entra así como uno de los instrumentos más significativos a la hora de definir las nuevas formas de la cultura. En su intención pertenece por derecho propio a la cultura del proyecto. En sus aplicaciones es el momento en el que se deciden todos aquellos elementos que modernizan y transforman no solo los usos, sino también los gustos, las formas de percepción y hasta las necesidades. Toda reflexión sobre el design termina siendo una reflexión sobre las tendencias de la cultura y sus proyectos. A nadie escapa que estas reflexiones adquieren un mayor fuerza si el contexto que las define es el de una cultura como la nuestra, sometida a procesos de aceleración e innovación profundos, cuyo alcance atraviesa todos los dominios de la ciencia y la vida, la producción y la sociedad. Intervenir en estos procesos es una de las responsabilidades de quienes hacen suya la tarea de la construcción de las sociedades del futuro.


Todas estas reflexiones nos permiten avanzar hacia un proyecto de futuro ahora que el IED celebra sus 50 años de experiencia en la formación del design, convirtiéndose en una de las instituciones más reconocidas internacionalmente en este campo. Una historia que nace de una feliz intuición de su fundador, Francesco Morelli, y que a lo largo de cinco décadas con la pasión y dedicación de generaciones ha llegado a ser un modelo de referencia para todos los que trabajan en este ámbito.

La formación, en su sentido más amplio, es hoy uno de los sistemas más directamente afectados por los cambios de nuestra época, siendo la reflexión sobre los sistemas educativos una constante a nivel planetario. En ella se encuentran dos parámetros complementarios: las transformaciones antropológicas y sociales, de un lado, y, por otro, toda aquella problemática que se deriva de las nuevas tecnologías y su capacidad innovadora sobre los procesos de conocimiento, tal como hemos visto al dibujar los escenarios desde los que identificar el futuro del mundo contemporáneo. Estas circunstancias hacen que la discusión actual sobre los modelos formativos resulte crucial. De ellas depende la adaptación a las condiciones de los nuevos tiempos. El IED ha sabido establecer con carácter de prioridad una reflexión estratégica sobre estos problemas.

La adecuación a esta nueva situación conlleva un proceso múltiple de adaptación estructural y estratégica. Anthony Giddens planteó las condiciones para la construcción de una segunda modernidad o modernidad reflexiva, acorde con las condiciones de la época y sus desafíos. Esta adecuación solamente será posible mediante una cultura de la innovación que abarque los procesos y métodos competentes para desarrollar mecanismos eficaces. Las políticas de innovación deben tener hoy prioridad estratégica en todos los ámbitos. Deben ser acompañados de marcos normativos y de procedimientos adecuados para la consecución de los objetivos.

Pero todo proceso de innovación exige por igual tanto cambios institucionales como de disposición individual. Es importante pensar y orientar estrategias de intervención en aquellos niveles o instancias particulares de la institución. Procesos que transformen los modelos de escuela, las políticas de personal, la integración de todos los que participan en el proceso formativo en sus diferentes momentos, compartiendo el proyecto formativo lo que permitirá hacer del IED una gran comunidad en la que la relación con el saber y sus aplicaciones mantendrán siempre un estilo experimental, haciendo de la Escuela un verdadero laboratorio de ideas y proyectos.

Recientemente Joseph E. Stiglitz y Bruce C. Greenwald en su Creating a Learning Society analizaban la complejidad del proceso de transformaciones que acompañan las formas del aprendizaje en las sociedades actuales. De esos procesos derivará una auténtica modernización y una nueva competencia a la hora de hacer frente a los desafíos del futuro. Se trata de hacer del IED una verdadera plataforma de innovación y proyectos acorde con las condiciones de nuestro tiempo.

Autor: Francisco Jarauta